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LIBRO DEL MES:

EL CIELO DE MADRID

<< Julio Llamazares >>


La espera ha valido la pena. Diez años después de Escenas de cine mudo, el escritor leonés Julio Llamazares regresa a los paisajes de la novela con una obra extraordinaria: El cielo de Madrid. En estos tiempos en los que la literatura española camina muy ufana y con paso firme hacia el despeñadero, la presencia de autores como Llamazares, que se toman en serio la batalla de la escritura y no se venden al mejor impostor, es, más que necesaria, imprescindible.

El cielo sobre Madrid (Alfaguara) no rompe moldes, ni lo intenta. No se pierde en juegos de artificio ni implora el perdón de la crítica cejijunta. No va de moderna ni sueña con parecer antigua. No pretende sentar cátedra, no va contracorriente ni a favor de ella. Está narrada a media voz con un estilo preciso que hace de la austeridad una noble forma de belleza. Diálogos, los justos. Descripciones, las suficientes y ni una más. Autocomplacencia, ninguna. Lucidez encadenada a la criptografía de la contradicción. Prosa meticulosa que busca la exactitud: así se logra el prodigio de que muchas páginas permitan «ver» los colores que anidan en la paleta de la memoria. Y, al final, un leve, incierto y emocionante brote de esperanza cultivado entre puntos suspensivos...

Los lectores asturianos tienen un motivo extra de interés: el protagonista, Carlos, es gijonés, y Gijón es un punto de referencia clave en su existencia. Hay numerosas menciones a Asturias en la novela, desde la nostalgia pero también desde la crítica a las actitudes de algunos personajes cuando el protagonista conquista el éxito.

El cielo de Madrid camina en cuatro círculos en los que habita la divina comedia de Carlos, el pintor gijonés que busca la felicidad con la desesperación de quien no desea encontrarla. Al amparo dantesco, Llamazares cimenta su novela en cuatro partes: El Limbo, el Infierno, el Purgatorio y el Cielo. La primera es la apuesta más audaz en cuanto a las formas, con un constante ir y venir en el tiempo que, lejos de confundir, ayuda a concentrarse en la esencia del personaje con el que vamos a convivir el resto de la novela. Y, casi de tapadillo, se insinúa que el texto tiene un destinatario único: alguien cuya identidad sólo conoceremos en las últimas páginas, cuando lleguemos al Cielo.

En el verano de 1985 todos tenían ya treinta años: conscientes de que la juventud se acababa, Carlos y sus amigos viven la última noche de su juventud en el Limbo, bar mítico de los madriles bohemios. La atmósfera de calor y polvo, de tormenta que no llega y de tristeza que ya ha llegado, recuerda aquella película de Bogdanovich, The last picture show. Música de piano, tiempos que se funden, sueños que se corrompen, ambiciones que reclaman su lugar. Carlos quiere ser pintor. Gijonés, hijo de un estibador de puerto y de una ama de casa casi analfabeta, prepara un viaje a Suecia con su novia Eva. Será algo más que un viaje: volverá distinto. Un tipo melancólico: «Siempre he sentido esa ausencia que te hace volver la vista continumente hacia atrás como si sospecharas que, mientras estás viviendo, el tiempo va borrando tu pasado sin remedio. Una melancolía que inunda toda mi obra pero que yo he disimulado siempre porque me parece impúdico dejar que tus sentimientos afecten a los demás».

Uno de los personajes cree que el mundo cabe en una habitación: «Todo lo que puedas ver por ahí está aquí. No en Madrid, en este bar, en la esquina de esta calle. Y lo que no, en el Museo del Prado». Madrid es la ciudad perfecta: nadie te pregunta quién eres ni lo que buscas, y te ofrece el cielo más hermoso del país.

Así que ese Madrid tormentoso de pianistas de pitillo triste y seductores que cambian novelas por mujeres (Cada mujer de la que te enamoras es una novela menos que escribes, decía Balzac) acoge las primeras caidas en el vacío de un artista en vísperas de abandonar la juventud. Un artista en conflicto permanente consigo mismo: él quiere pintar una cosa y el cuadro muestra otra muy distinta. Colores intrusos, formas invasoras. El arte se rebela. Como le ocurriera al desdichado Dorian Grey, el lienzo refleja la podredumbre de una vida que, como el Limbo, se asemeja al Titanic cada vez más. ¿Será la juventud una especie de gaseosa derramada justo cuando vas a beberla, como le ocurrió al padre de Carlos siendo niño?

La pintura no es un oficio para Carlos, eso, al menos, lo tiene claro: es una forma de vida. Y eso le encadena a una inseguridad perpetua. Mientras a su alrededor todos sus amigos se preguntan con angustia «¿Triunfaremos?», él vive en el filo de una navaja íntima: lo que quiere pintar no tiene nada que ver con lo que pinta.

No es extraño que alguien así se sienta a gusto con los vagabundos filosóficos que habitan las sombras de la ciudad, fantasmas reales como él mismo que pueden resumirte la vida a orillas del olvido y la miseria: «La gente cree que todo lo que vemos es verdad y no es verdad, todo es una mentira, lo único que es verdad es el cielo y nadie se para a mirarlo».

Llegamos al segundo círculo, el infierno arde en Suecia. El desamor. O el miedo al amor. Carlos colecciona fracturas al corazón que no se pueden auscultar. El compromiso le aterra, le aterra la felicidad. Sin hijos, por favor. Entre la bohemia y la marginalidad está su mundo, o eso cree: tampoco ahí es feliz. Por cierto: «No siempre el que abandona sufre menos». Carlos deja cadáveres sentimentales tras de sí que nunca olvidará. Mientras, la vida le empieza a pasar factura: «Nunca me sentí mayor hasta el día del entierro de mi padre». Los sueños se cambian por ambiciones y el destino te la juega: cuanto menos le gusta lo que pinta, más éxito tiene. La crítica lo ensalza, las galerías se hacen de oro con sus obras. Inevitable: llega la envidia, la amistad interesada, la entrada en una vida cultural apestosa. Aburrimiento y nostalgia acorralan a quien empezó pintando por pasión acaba en la profesionalización. Cuanto más aborrece su pintura, más triunfos obtiene. Espabila, hombre. Y en uno de los momentos más hermosos de la novela, Carlos asiste a una inequívoca y desgarradora fusión entre los cielos reales del amanecer y los cielos extraños de sus lienzos. El fantasma ante el vacío infinito se asusta. Y huye.

Huye al purgatorio y la novela cambia de color. De calor. Qué frío en esa casa de la sierra de Miraflores donde habitan los fantasmas de la historia más horrenda. Un amor pecoso sin pecado, un túnel que engulle todo lo que acerca, un lienzo blanco como la nieve y un río: un hombre convertido en río que nunca olvida, prisionero de la contradicción: a medias entre el cielo y el infierno, entre la libertad y la necesidad de amor, entre la soledad y la búsqueda del éxito.

Hay que tocar fondo para subir a la superficie. Llamazares toca el cielo en un cuarto círculo que le ayuda a cuadrar cosas: Lo único que debe interesar al artista es su trabajo y él éxito es la realización de éste. Anochece en Madrid: la hora trémula de la verdad. El cielo se pinta de colores, la pintura se cubre de cielos. Y alguien leerá algún día las palabras que le escribe un fantasma de cielos vagabundos, un río que nada olvida.

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Tino Pertierra © 2005