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EL TELEFONO

DAVID FERNÁNDEZ

Telefono

Mi teléfono siempre suena igual. Tiene varios tonos, pero cuando eliges uno, cada llamada suena igual a la anterior. Hay aparatos que asocian una música a cada persona. Pero para lo que yo quiero aún no han inventado nada. Lo que de verdad me importa de una llamada, no es quién la hace. Yo quiero saber para qué llama y huir si hace falta. Ponerme a salvo
-Tu hermano ha muerto, Juan. 
Descolgué el teléfono y mi cuñada me dijo eso. La música había sido la misma, nada me preparó para escuchar aquello. En la pantalla apareció su nombre y su número, pero su mensaje se escondió, esperó a que estuviera escuchando. Indefenso.
Nunca me han llamado para decirme que era millonario. Si alguien lo hiciera sé que sonaría igual que cuando mi hermano murió. Lo sé y no me hace gracia. No me gustan las sorpresas.
Cuando aquella mañana descolgué el teléfono, nunca pensé que fueras tú. Te había dado mi número hacía seis meses, en una presentación en la que nos presentaron. Nos aburríamos por separado y en filas distintas, y nos juntamos en la barra del bar más cercano. Allí completaste el escueto comentario que Manuel, tu pareja y mi editor, hizo de ti, y me dejaste claro que no te gustaba estar atada a nadie.
Al amanecer ya no estabas. Me sentí como el protagonista de mi última novela: solo en una habitación doble de un cuatro estrellas. Una nota sobre mi ropa era la única prueba de que fuiste real. Te llamaré. Rosa.
Y lo hiciste medio año después, cumpliendo tu promesa escrita con prisas y lápiz de ojos. Al parecer mi editor no sólo me dejó a mí y ahora volvías a la ciudad donde no nos conocimos. Te apetecía tomar una copa y quizá volver a huir en medio de la noche.
Acepté y cenamos en un restaurante con la carta en un idioma que no conocía. Pediste tú por los dos. Elegiste algo que me recordó a la primera noche. Tenía muy buena pinta pero al meterlo en la boca resultaba desagradable. Estaba frío y duro. Pero el plato era así, como tú. Digerirlo sería difícil y expulsarlo todo un logro. Como a ti.
Había superado todo aquello, o estaba a punto, y ahora aparecías de nuevo por unas horas para volver a volar. Otra sorpresa tras el mismo sonido.
Cenamos, pagué y nos fuimos.
El mismo hotel que hacía seis meses nos vio entrar juntos y salir por separado, seguía allí. Desde aquella noche ambigua pasé por su puerta casi a diario para ir a cualquier sitio. Nunca miré hacia dentro por si estabas allí y no podía reconocerte. Y ni siquiera el recuerdo de tu perfume me consoló en esos meses. No me diste tiempo. Más de una vez entré en una perfumería pensando rociar mi almohada de ti, pero, ¿cómo olías?
Pedí en recepción la factura y después de pagar la suite y el cava, dije que no te despertaran. Regaban la calle cuando salí y a pesar de que la luna aún se intuía tras las nubes, una persiana del edificio de enfrente me dio los buenos días.
Ahora te tendría cerca para siempre y tú a mi no. Esta vez la nota llevaba mi letra: No te llamaré. Nunca.
La fina suela de mis zapatos hacía aguas a cada paso que daba por la encharcada acera. Mientras, mi mano derecha seguía tan cerrada como cuando salió de tu bolso para entrar en mi bolsillo. En su interior, tú. Esta vez no te escaparías.
Cuando llegué a la perfumería en la que tantas veces te busqué, me topé con la valla. Miré mi reloj, subí el cuello de la chaqueta y apoyé mi espalda en la pared. Nada en el mundo me movería de allí. En tres horas empaparía mi vida de ti para siempre. Y entonces, apreté un poco más mi mano al tiempo que el maldito teléfono volvía a sonar.

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EL FORO © 2006