COORDINADO POR TINO PERTIERRA
• Especial Verano 2007
De excursión

César Fernández

Muerto el perro

Emilio Fernández García

Vacaciones en La Puna

Roxana Herrero

Verano

Matilde Suárez

Verano

Ana Pérez

Detalles sin importancia

María Antonia Goás

La vida comienza aquí

Yasmina Suárez González

VERANO

Mi padre era un cazador empedernido, en cuanto se abría la veda, no importaba cual, apenas hacía otra cosa que no fuera pegar tiros monte arriba. Cuando no podía disparar a nada que se moviese, dedicaba todo su tiempo a preparar las cacerías de la siguiente temporada, y recorría el monte censando madrigueras, nidos, y demás guaridas, donde los animales, a los que meses más tarde llenaría el cuerpo de plomo, construían su hogar.
Mi padre convirtió su pasión por la caza en su medio de vida, y así nació “La Casa del Cazador”, una posada junto al lago, donde los amantes de la montería descansaban satisfechos después de que mi padre les hubiera proporcionado una buena batida.
Una vez que mi padre había saciado sus ansias de jara y sangre, mi madre trataba a sus huéspedes como si fueran de la familia, y colmaba abundantemente sus estómagos a base de jamón y embutidos, estofado de jabalí con patatas, vino tinto a discreción y tarta de nuez. Y como fin de fiesta, una sobremesa de café y orujo que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.
Desde mediados de primavera y hasta el quince de agosto, que se abría la veda de la codorniz, “La Casa del Cazador” no admitía huéspedes. Cerraba por vacaciones, aunque en realidad no nos íbamos a ningún sitio.
Cuando mi hermano cumplió diez años, mi padre esperaba que le pidiera como regalo su primera cacería, pero mi hermano le pidió ir a la playa en avión. A pesar de no ser la petición que él esperaba oír, y ante la insistencia de mi madre, y por supuesto la mía, mi padre accedió a sus deseos, y ese verano, el dos de julio, nos subimos a un avión rumbo a la isla de Menorca.
Durante los quince días que pasamos en Menorca, mi padre, apenas pisó la playa, dedicaba las mañanas a recorrer la isla mientras mi hermano, mi madre, y yo, disfrutamos de los baños de agua salada. Por la tarde asumía el papel de guía turístico y nos llevaba de excursión para mostrarnos todos sus descubrimientos. Y antes de irnos a dormir, solíamos reponer fuerzas en alguno de los bares del puerto de Mahón.
Las dos semanas se pasaron tan rápido, que todos, incluido mi padre, que al principio no estaba muy por la labor, nos quedamos con ganas de más. Y cuando mi madre dijo en el aeropuerto, antes de coger el avión de vuelta, <<el próximo verano repetimos>>, él fue el primero en asentir.
Durante todo el tiempo que pasamos en Menorca, estuvimos tan concentrados en disfrutar de nuestras primeras vacaciones en la playa, que nos olvidamos de que la vida seguía su curso sin preguntar, ni avisar. La casa donde estábamos alojados no tenía televisión, la radio no funcionaba, y mis padres no tenían costumbre de comprar el periódico, por eso no nos enteramos de que en nuestra ausencia, un incendio había convertido en cenizas la mayor parte del monte que rodeaba el lago.
Cuando regresamos a casa con el dulce amargor de unos días felices que nos habían sabido a poco, descubrimos que toda nuestra vida se reducía a lo que la memoria alcanzaba a recordar, y que nuestras pertenencias, no iban más allá de lo que cabía en dos maletas. ¡Feliz verano!


Ana Pérez © 2007
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