COORDINADO POR TINO PERTIERRA
• Especial Verano 2007
De excursión

César Fernández

Muerto el perro

Emilio Fernández García

Vacaciones en La Puna

Roxana Herrero

Verano

Matilde Suárez

Verano

Ana Pérez

Detalles sin importancia

María Antonia Goás

La vida comienza aquí

Yasmina Suárez González

VACACIONES EN LA PUNA

Estamos a dos días de volver hacia La Quiaca, nuestras primeras vacaciones en la capital. Tenía tanta emoción por conocer los valles de los que hablaba tanta gente como sitios llenos de magia y surrealismo. Nunca habíamos salido del pueblo, el viaje en sí es corto en auto pero nosotros lo demoramos para conocer algunos puntos que nos indicaron en la oficina de turismo. Lo malo para mí es que una fuerte gripe me impidió disfrutar la ida, así que dejamos las paradas destacadas, pendientes para el regreso. Pude comenzar a divertirme a partir del día quinto. Papá estuvo seis meses trabajando en Buenos Aires para poder comprar una Estanciera ‘77. Llevamos al abuelo también. Francamente no queríamos porque resulta ser un hombre huraño y cascarrabias pero sacamos nuestro lado mas tierno a flote y no estuvo tan mal. Bueno...un poco tal vez. San Salvador está a 1259 m.s.n.m. le dicen “Tacita de Plata”. Los valles son hermosos. Todo está reconstruido por los terremotos que azotaron la ciudad. La historia se levanta de la tierra y luce en un paisaje emblemático, el Cabildo puramente Toscano, la Iglesia con su púlpito barrroco español y la Casa de Gobierno estilo francés, son las visitas obligadas. Paramos en el Hotel del Río Reyes, entre valles y un collar montañoso muy pintoresco. Desde allí nos dirigimos al Dique La Ciénaga. Me quedé con la boca abierta. No sabía si el cielo se había precipitado de pronto sobre nosotros y lo que veía era su fondo, su eterno misterio. Lo que sí se precipitó fue una tormenta de verano que nos obligó a correr hacia el Hotel antes que el camino fuera interrumpido por el temporal. La lluvia duró 3 tres días pero pudimos continuar disfrutando. Papá decidió emprender la retirada para realizar una recorrida por Tilcara. Tilcara ya está a 2460 mts. de altura. Acampamos en el Camping El Jardín pero antes caminamos por sus calles, observamos las casas de adobe, tierra y paja propias de la civilización quechua que todavía conserva toda la inocencia sobre el mundo globalizado, potentado e influyente más allá de las fronteras. Pasamos por Maimará y nos asentamos en La posta del Sol. Las tonalidades de los cerros en nuestra mirada aumentan el significado de la región como una “Estrella que cae” y todo lo ilumina y lo magnifica. Hacia la tarde descubrimos al abuelo muerto. Levantamos campamento continuando hacia Purmamarca. Tuve que viajar a su lado en ese estado...mortuorio. Cada tanto me dio curiosidad por tocarlo y le pinchaba la mano gélida. Estaba más pasivo que lo habitual. Una vez en el poblado, un sitio suspendido en el tiempo, de pocos habitantes, un lugar casi fantasmal pero atractivo, compró mi padre el cajón.
Tuvimos que cancelar el resto de la excursión hacia La Quebrada sólo vimos a lo lejos La Paleta del Pintor. En el porta equipajes iba el cuerpo mortecino. No faltaba mucho ya para llegar cuando un fuerte viento hizo que las cuerdas que sujetaban el féretro, se desprendieran y éste cayera sobre la ruta provocando un fuerte estruendo. La noche era bien fría y mi padre tuvo que bajar con una linterna, mi madre lo acompañó y yo me quedé viendo a través de la luneta el cajón atravesado en el camino.
Papá volvió por la chata y puso la marcha atrás. Trató de subir el cajón de nuevo al porta equipajes pero mi madre apenas si pasa el metro de altura y no le era fácil. Todavía tenía él ganas de bromear propinándole algunos apodos; “Inspectora de zócalo” Dale vo ché “Leñadora de Bonsai” “Albañil pobre” “Chichón del suelo”.Para colmo mi madre se echó a reír tanto que acabó orinando tras un cactus y pinchándose el culo. La lluvia complicaba aún más la tarea. El cajón se cayó unas cuatro veces. Imaginaba a mi abuelo puteando desde algún lugar del Limbo a los mil demonios, como cuando algo le salía mal. Debía de estar puteando con fuerza. Tuvimos que aminorar la marcha hasta que la Ruta 9 comenzó a restar. Finalmente llegamos a La Quiaca. Fin de las vacaciones de verano. Mis padres estaban tan cansados que se desmayaron en su habitación. El cajón quedó afuera atado al porta equipajes. Así lo vi por la ventana antes de dormirme.
Por la mañana, al cantar el gallo, abrió mi padre la puerta de entrada, se fregó los ojos, vio el féretro a un costado de la Estanciera, levantó la tapa y confirmó que faltaba el cuerpo.
Preguntamos a los vecinos. En el pueblo se armó una revuelta bárbara. Se juntaron grupos de exploradores y salieron a buscar algún rastro con sus perros de caza. La búsqueda duró dos días. Nunca apareció. A veces se rumorea que una figura deambula por las calles, un extraño, un forastero. Deduzco que tampoco lo quiso el Limbo. Mi abuelo pronto quedó convertido en leyenda urbana.


Roxana Herrero © 2007
Links
Contacto
Webmaster
Hemeroteca